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La aventura láctea con nuestro hijo prematuro





Cuando mi hijo nació a las 29 semanas de gestación fuimos separados porque él debía ir a la Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales. El día de su nacimiento, mientras tomaba un baño al atardecer, la leche comenzó a bajar... Por un instante me sentí feliz, y en seguida, vino la nostalgia y dolor profundo de sentir los "brazos vacíos". Si bien, mi hijo estaba vivo, también sabía que su estado no era el mejor, de hecho, era bastante desalentador ante los ojos médicos. 


Yo sabía que en ese momento, y tal vez durante los próximos días no podría amamantarlo. Sin embargo, en cuanto me fue posible pregunté a la doctora en turno qué podía hacer con respecto a la lactancia (deseaba hacerlo en cuanto mi hijo saliera del hospital). Ella me respondió "le recetaré unas pastillas para que deje de producir leche, estos bebés no sobreviven"... Por supuesto, mi estado emocional empeoró, pero escuchando mi voz interior decidí buscar información científica que apoyara mi lactancia. Diariamente me extraía leche con la finalidad de amamantar a mi hijo a su alta. Y luego de 60 días, 60 días que no pude cargarlo, besarlo, tocarlo, ¡por fin vino a casa, y comenzó la gran aventura láctea! Establecer una lactancia cómoda con mi bebé prematuro fue muy difícil. Había quienes me incentivaban a ya no hacerlo, yo misma me sentía muy cansada, sobre todo por las madrugadas; y fue entonces, que mi compañero y yo decidimos alternar. Por las tardes yo me extraía leche y entonces él se la proporcionaba en un vasito especial por las madrugadas. Desvelado, sin saber muy bien lo que hacía, proveía de alimento y leche materna a nuestro pequeño. Esto me permitía dormir, y él comenzó a tener una parte más activa en la crianza.

Luego de tres meses comencé a estar un poco más cómoda alimentándolo, sin embargo, es verdad que me sentía insuficiente para saciarlo. Aunque él era muy pequeño, yo sentía que no comía lo que debía comer, sentía que mi leche "no era suficiente". En todo momento veía "signos" de deshidratación. Era un bebé que había recibido tres transfusiones sanguíneas, así que me ocupaba también de sobremanera su peso o una posible anemia. "Compleméntalo con fórmula", me decían. Pero él comenzaba a tener cólicos y problemas estomacales.
Tuvimos nueve meses de lactancia materna, cosa que me fue posible hacer porque había decidido dejar de trabajar y dedicarme enteramente a su cuidado. Su pediatra me felicitaba, porque no era común que las madres de prematuros lograran si quiera, en ocasiones, amamantar. Durante todo este proceso me di cuenta que la maternidad en este país se celebra pero no se favorece. Me di cuenta de la gran falta de políticas que pueden hacer posible una maternidad saludable. Por ejemplo, las mamás de prematuros, por ley debemos regresar a laborar justo antes de que nuestra hija o hijo sea dad@ de alta, alrededor de los 40 días posteriores al nacimiento. Sí, debemos regresar a laborar justo cuando nuestr@s pequeñ@s nos van a necesitar más, no sólo por cuestiones de vinculación afectiva, si no de seguimiento médico, que es lo que hace posible disminuir las posibilidades de un retraso o discapacidad, otorgándoles una mejor calidad de vida.

Por otro lado, tampoco existen programas de apoyo a la lactancia en bebés que nacieron antes de tiempo, o programas de apoyo a las madres o padres durante los primeros años de vida de l@s pequeñ@s prematur@s. En México no se tiene, aun, implementado el método madre canguro en muchos de los grandes hospitales o centros de alta especialidad. Tampoco existen las condiciones de trabajo en empresas o instituciones gubernamentales. El panorama es bastante terrible, en este sentido.


Hoy, estos temas recién se están abriendo y mirando, gracias al trabajo de asociaciones civiles, y de colectivos de madres.

Lo menos que necesitamos son campañas que desinformen, que perpetúen estereotipos de lo que debe ser "una buena madre" o una "mala madre", que cosifique el cuerpo de la mujer, esta vez con motivo de la lactancia, que generalice la maternidad, que ignorantemente reproduzca patrones que urgen ser erradicados. 

Como usuaria de los servicios de salud es mi derecho exigir campañas de calidad, que me apoyen a decidir y a empoderarme, que desmitifiquen la maternidad tan mitificada y estereotipada. Como usuaria, deseo recibir información con sustento científico, para que yo elija con libertad, sin moralina ni coacción. Como usuarias, estamos en todo nuestro derecho de pedir y colaborar hacia la construcción de mejores condiciones para nosotras y para nuestras familias. No conformarnos, no quedarnos en las frases "al menos ya se habla de la lactancia", "al menos ya se está penalizando la violencia obstétrica". Vayamos colaborando caminos de educación, información, formación y consciencia, vayamos intuyendo que el poder es nuestro, que nunca nos lo han quitado, y que sólo nos resta ir recordando que ahí está.



***


Te invito a unirte a esta campaña en pro de la lactancia materna, participativa e incluyente, cuyo objetivo es: hacer real los diferentes matices de la lactancia de una manera propositiva, esto no sólo es para las que sufrieron al principio y lograron una buena lactancia después, esto es para todas, las que crían en tribu, las que se informaron, las que fueron atacadas, las que enfermaron y no pudieron continuar aunque lo deseaban con el corazón, para las que no querían hacerlo y ahora dos años después continúan, para nuestras parejas y para las personas que nos ven mientras amamantando y no entienden por que seguir si el niño ya esta "grande", la mejor forma de romper los mitos es con información y sin juicios, es mostrar el rostro de alguien que también tuvo dudas y reconocer que no hay nada malo en pedir ayuda.

Mas información CLÍCK AQUÍ



Enlaces sugeridos:

www.maternidadempoderada.org
www.nacertemprano.org
http://www.llli.org/mexico.html






¿Por qué decidimos escolarizar a nuestro hijo?




Tras recibir varios mensajes con la pregunta que titula este post en mi inbox, decidí escribir y compartir, abriendo el corazón, el por qué mi compañero de vida y yo decidimos escolarizar a nuestro hijo.

Desde que nuestro crío comenzó a darnos señal de sus primeros aprendizajes, esos que son guiados por el instinto, es decir, desde que llegó a casa, comencé a cuestionarme profundamente el tipo de educación que le podría dar. Muy pronto, descubrí que deseaba hacer escuela en casa, y así, dar a mi hijo la bella libertad de aprender lo que su corazón fuera pidiendo, a su ritmo y a su tiempo. Pues bien, ahora con la decisión de escolarizarlo, el fin sigue siendo el mismo: que sea el corazón de Aldebarán el que lo guíe hacia cada aprendizaje, no importando el lugar.

Durante tres años y medio Aldebarán y yo estuvimos muy juntos, con su padre, en distintas "aventuras", como llamábamos a cada situación de nuestros días. Convivimos mucho y en profunda empatía y simpatía, tras decidir dejar de trabajar durante sus primeros meses y acompañarlo en su crecimiento, me dediqué a danzar al ritmo que danzan los papás de los bebés nacidos prematuros. Durante año y medio nuestro itinerario semanal contempló visitas a hospitales varios y a especialistas. Viví intensamente la díada que formamos desde su llegada al mundo, y así, sanando el vínculo de nuestra separación primaria (su estancia en UCIN y en el hospital por más de 50 días tras su nacimiento), me di a la experiencia de una maternidad informada, intensa y amorosa.

Luego de superar el peligro de los primeros dos años de los niños nacidos prematuros, todos comenzamos una nueva etapa, que incluyó emprender, dar estabilidad al hogar propio, integrarnos desde otro punto como familia, es decir, dejar de traer al presente la prematuridad de Aldebarán, y sí... finalmente, ¡viajar y viajar! Gracias al mei tai, logramos llevar a nuestro pequeño a todas partes: bancos, citas con los clientes, oficina, edificios gubernamentales, el aeropuerto, a sitios cercanos y lejanos, siempre unido a nosotros, siempre siendo parte de la agenda de trabajo de papá y mamá. Por supuesto, muchos nos alentaban a dejarlo en una estancia, a no llevarlo con los clientes por aquello de dar "una mala apariencia", pero integrando esos espejos, siempre decidimos  -y lo digo con una gran sonrisa, como en broma- que nuestro hijo era parte del "negocio familiar", y desde el punto de vista educacional, siempre supimos que no había mejor manera de conocer el mundo y aprender, que al lado de quienes lo trajeron a él.  

Cuando Aldebarán nació tuvo un derrame cerebral importante, y tras el mismo le diagnosticaron leucomalacia periventricular, que podía desarrollar una parálisis cerebral. Para nosotros fue muy importante disminuir el riesgo: estimularlo, cantarle, llevarlo con la especialista en intervención temprana, y sobre todo, hacernos cargo por completo y a tiempo completo de su cuidado y su educación. Hoy en día, nuestro hijo es un guerrero sano, con mucha energía y una inteligencia admirable. 

Pronto cumplió tres años de vida, y fue entonces que decidimos realizar actividades guiadas y darle ciclos con estructuras más estables, compramos varios libros en el tema del Unschooling, Pedagogía Waldorf y Homeschooling. Me dediqué entonces, a apoyarlo, a instruirlo de manera más activa, y todo fue maravilloso hasta que descubrí dos cosas: que mamá no siempre era la mejor compañera de juegos y aprendizaje de Aldebarán, y que Aldebarán no siempre era el mejor compañero de trabajo de mamá. 

La segunda mitad del año pasado fue transformadora para los tres. Con el paso del otoño comenzamos a mirar que nacían de cada uno nuevas inquietudes: Aldebarán pronto comenzó a extrañar más y más convivir y jugar con sus amigos y primos de la misma edad que él. Y yo comencé a mirar que el corazón deseaba darse un descanso de maternidad intensa, para comenzar a abrazar una maternidad que lograra tejerse en armonía con un compromiso personal, profesional y de pareja. Con la próxima mudanza - en todos los sentidos- venía la decisión de escolarizar a nuestro hijo.

He aquí entonces, que la razón por la cual decidimos escolarizar a Aldebarán ha sido muy personal, amorosa y llena de confianza. En el proceso, mi compañero y yo, hemos decidido confiar en otras personas para apoyarnos en el cuidado y guía de nuestro hijo; hemos decidido también que en cuanto veamos que la creatividad o fuego de nuestro crío se vean menguados o lastimados , o simplemente la vida nos lleve a otra manera de estar, revaloraremos nuestras opciones, y sobre todo, hemos decidido escolarizar a Aldebarán: pero la educación darla en casa, así él sabrá decidir, cuestionar, aceptar e integrar a su vida lo que considere necesario integrar.

Hoy fue su primer día de escuela, y cuando salió, nos miró sonriente y nos dijo que le había gustado mucho, que había hecho dos nuevos amigos y que deseaba regresar al otro día. Este ingreso a la escuela ha sido un verdadero ritual y lo hemos tomado todos como una gran iniciación, decidimos hacer de esta experiencia algo sagrado, algo que cierra y abre otro ciclo familiar: Aldebarán está comenzando a tomar nuevas estructuras y amistades fuera de casa, y una sabia voz interior me dice que todo ha sido perfecto, que ahora podemos organizarnos los tres en una manera distinta, confiando en la vida, integrando los espejos externos mientras pertenecemos a este maravilloso clan que se reúne por la tarde, para cerrar el día y compartir experiencias del mundo. 
















Ser mamá de un bebé prematuro...


Hoy se celebra el DÍA MUNDIAL DE LOS PAPÁS DE PREMATUROS. Sin duda un gran motivo para recordar la lucha tan grande y amorosa que los padres hacemos por nuestros pequeños que nacieron antes de tiempo.

En lo personal esta celebración es algo que me motiva por un lado, y me ocupa por el otro... es decir, me motiva porque es algo que viví, que me es personal y de fortaleza; me ocupa, porque el que se celebre un día así, significa que ya somos muchos papás de bebés que nacen antes de tiempo.

Fuera del contexto político, social o de reflexión, si quiera, deseo en esta entrada compartir mi anécdota personal, nuestra historia de maternidad y paternidad prematura, tal como la comencé a vivir yo: mi llegada al hospital y el cómo entré al mundo de la UCIN y de los bebés prematuros.



29 Semanas de gestación, y Aldebarán decidió venir al mundo.

En la madrugada de ese sábado yo estaba soñando que miraba mis piernas y se me rompía la fuente. Yo me decía es demasiado pronto. No bebé, no puedes nacer aún. Sin embargo, veía como la casa se inundaba por mis aguas  y una tristeza enorme amarraba mi corazón.

3 de julio, 6:00am
Como todos los sábados, mi esposo y yo nos levantábamos muy temprano para ir a trabajar. Sí. El sábado era día de media jornada de trabajo y tarde de pasarla juntos, ir al cine o charlar en casa al abrazo de la música o una buena comida. Ese día, mi esposo se levantó primero para preparar el baño, y cuando regresó a la habitación, me comentó un poco asustado que la sábana estaba manchada de sangre. 

Me incorporé entonces, y miré mi espacio en la cama... en efecto, había sangre. Fui al baño, muy nerviosa y me revisé... en efecto, estaba sangrando. No quise entrar en pánico, me bañé, preparé una pequeña maleta y nos fuimos rumbo al hospital. Él y yo ya habíamos decidido tener un parto en un hospital privado, sin embargo, no habíamos decidido cual. También estábamos  planeando tomar un curso psicoprofiláctico, con la idea de prepararnos bien para la llegada de nuestro pequeño, sin embargo, todo se concretaría una semana después. 

Con la cabeza en confusión total, el corazón oprimido y la incertidumbre fuimos al hospital de seguridad social más próximo. Al cual había acudido una semana antes, porque había presentado lo que yo supuse contracciones, y que los doctores denominaron "nervios" por el embarazo.


7:30am Llegamos al hospital, y como suele suceder, no me podían atender porque era justo el cambio de turno... Aquí en México siempre es cambio de turno cuando de urgencias se trata. En mi instinto, trataba de calmarme, y ante la angustia de mi madre y de mi esposo, hacía bromas...

¡Quisiera que me atendieran... son muy lentos, imagínese que llegué aquí cuando tenía un mes de embarazo! - decía yo, y mi madre, mi esposo y la gente que me rodeaba se reía.

Pronto, se dejaron escuchar gritos, gente que iba y venía... Habían varías mujeres pariendo.

11:o0am Por fin, habían decidido atenderme. Para entonces yo había llamado ya a una ex alumna enfermera, a quien le había dicho que por favor buscara a algún ginecobstetra que pudiera atenderme. Ya estaba haciendo los arreglos para irme hacia ese hospital, cuando me llamaron para revisarme. 

La experiencia fue terrible. Una mujer mal encarada, de lentes, me dijo... "quítese la ropa, póngase la bata y súbase aquí con las piernas abiertas...". Me revisó, me hizo tacto y remató: "Sí, si está sangrando"... Dios santo, me había revisado solo para saber algo que era una obviedad. 

Me pasaron a la sala de espera junto con otras mujeres-madre, y fue horrible lo que ahí vi. Sentada, en una silla de ruedas comencé a ver a muchas mujeres a punto de parir y sin nadie a su lado. Me sentí tan abandonada, como ellas. Yo pedí que dejaran entrar a mi esposo, y me dijeron que por supuesto eso no podría suceder, que nadie podía tener acceso a esa sala. Y mientras, veía a mi alrededor otras mujeres que ahora sé, necesitaban soporte emocional y compañía para poder dar a luz. Sus rostros me lo decían, muchas de ellas lloraban, otras gritaban, los monitores para los bebés se escuchaban agitados, y una mujer a mi lado gemía y se lamentaba porque su bebé ya había muerto y la doctora la regañaba por no querer expulsarlo. Fue deprimente.

12:00pm Para entonces me sentía ya nerviosa, intranquila. Trataba de calmarme pero era imposible. Una vez en la cama, rodeada de otras mujeres, sentí tremendas ganas de ir al baño. Por supuesto no me permitieron levantarme, a cambio me iban a llevar un cómodo. Y de pronto... sentí que mucha agua bajaba por mis piernas... Algo en mi me decía que no era normal, por un momento, incluso, llegué a pensar que lo que sentía era sangre. Por supuesto, las lágrimas comenzaron a rodar... le llamé a las enfermeras y a la doctora, le comenté lo que había sucedido...

-¡Ay! Ya rompiste fuente. ¿Ves? Te dije que no te movieras mucho. Ahora tu hijo se va a morir. ¿Ahora qué hacemos? ¿Ya ves? Déjame ver qué podemos hacer-  

Muy asustada, veía como la doctora se movilizaba y hablaba con las enfermeras. Yo comencé a llorar y no paraba, por supuesto, pensaba que mi bebé se iba a morir, tal como ella lo había dicho. Pasaron así como 40 minutos, cuando le llamé a una enfermera y le pregunté qué pasaría conmigo. Ella me comentó que no sabía, que la doctora debía decirme eso. Pronto llamé a la doctora pues la vi muy tranquila, como si nada hubiera pasado. Ella me dijo que estaba buscando trasladarme.

-Por favor, yo sé que usted no me entiende, pero estoy muy asustada por mi bebé. Me duele pensar que lo vamos a dejar morir, por favor, haga algo para que me trasladen y pueda sobrevivir, por favor doctora, ayúdeme-

Entonces volvió a llamar por teléfono, y logró pedir una ambulancia para que me trasladaran al Hospital de Ginecobstetricia 3 del Centro Médico "La Raza".  En la espera de todo el papeleo, recostada en la cama, comencé a hablarle a mi bebé. Le dije que sentía mucho la situación, que por favor, esperara. Que yo deseaba con todo mi corazón y ser que se quedara conmigo.


5:00pm Llegó la ambulancia que me trasladaría. Me sacaron en una camilla y por fin, a las afueras pude tomar la mano de mi esposo. Dios sabe cuánto esperaba ese momento, y lo mucho que necesitaba ser contenida por él. Cuando me miró y me besó la mano, estallé en llanto. No pude decir nada, ni una palabra. La tristeza que me invadía llenaba todo el espacio. 

A mi llegada al hospital de La Raza me revisaron, me hicieron algunas preguntas, y posteriormente un médico me explicó el protocolo. Al fin me estaban tratando como un ser humano y con dignidad. 

Me explicaron que tratarían de darle más tiempo a mi pequeña - me habían dicho que era niña; me explicaron lo de las inyecciones para hacer madurar sus pulmones, que me inyectarían muy fuertes antibióticos e intentarían realizarme una cesárea para el día martes o miércoles. 

Esa noche fue terrible. Tenía frío, hambre, sueño, y a la vez, no quería dormir. Deseaba que por la puerta principal entrara mi esposo, tomara mi mano y me dijera que todo saldría bien. Eso no sucedió. 

Luego de unas horas, me subieron a piso y me dijeron que podría comer hasta el otro día, cuando sirvieran el desayuno. No dormí, no dormí ni un poco. Sólo me la pasaba acariciando mi pancita, hablando con mi bebé, diciéndole que se quedara, que se moviera, que lo lográramos... Pensaba en el nombre que le daría, porque mi corazón siempre había sentido la presencia de un niño, al cual llamaría "Leonardo Aldebarán"; sin embargo, en el último ultrasonido me habían dicho que sería una niña. No sabía qué nombre le daría.

Kendra... Kyra, Keyla, Keily, Iris, Eudora, Isabella... Sí: ¡Eudora Isabella! Cuando dije esos nombres, mi pancita se movió y mi bebé comenzó a patear. "Eudora: regalo de Dios", y mi pancita se movía. 

Ahora debo confesar. Postrada en esa cama, por momentos, lloraba, y sentía no poder sostenerme de nada. Me sentía abandonada, muy muy sola. Y entonces llegaron mis compañeras de habitación. Todo comenzó a ser más amable. Una de ellas había llegado por que el esposo la había golpeado hasta dejarla inconsciente, tan sólo tenía 5 meses de embarazo, y el bebé se había aferrado a la vida. 

La otra estaba ahí porque debido a una cesárea mal practicada se le habían infectado los puntos, y ahora necesitaba estar con un muy fuerte medicamento, en reposo absoluto y con fiebre debido a que aún tenía leche para amamantar a su bebé, pero no podía hacerlo. 
Esa madrugada de domingo, todo mejoró, gracias a mis compañeras de habitación.


4 de julio, 10:00am 
¡Al fin las visitas! El primero en verme fue mi esposo, me sostenía la mano y me decía que todo iría bien. Me contaba que no había dejado el hospital ni un sólo minuto, y me decía que las mujeres de mi familia estaban en la cafetería esperando noticias mías. 

Luego entró mi madre para verme, y de nuevo me solté en llanto. Hoy entiendo que fuimos un espejo en el cual la historia de todas nuestras mujeres se reflejaba. 

Y así pasó la mañana, en las palabras de mis dos seres amados, en la llegada de mensajes a mi celular preguntando por mi estado y la salud de mi bebé. También escribí en un cuaderno que me regaló mi madre, también leí un poco, pero sobretodo intenté visualizar a mi hijo... sano, feliz. 

4:00pm Uno de los doctores que estaba llevando mi caso, se acercó a decirme cómo iba el protocolo. Me indicó que esperarían hasta el martes para intervenirme, y que ese día me harían una prueba para saber si estaba ya con contracciones. Me comentó que era importante esperar lo más posible, pues esto le permitiría al bebé respirar mejor al nacer.

Así, comencé a visualizar a mi hijo gritando y corriendo con sus primos. Le decía "vas a respirar y a llorar muy fuerte para que tus pulmones se llenen de vida". Acariciaba mi pancita, no dejaba de hablarle, no dejaba de contarle el mundo. 

-Y cuando nazcas, te voy a enseñar todos los colores de la vida, los sabores, vas a disfrutar de cosas muy ricas. Vas a tomar leche de mí. Y vamos a hacer cosas juntos los tres. ¡Vamos a viajar! Conocerás a los cockers de la abuela, te pasearemos en el automóvil, jugaremos mucho- 

11:00pm El sueño me fue venciendo. Me sentía más tranquila, pero aún me sentía preocupada por mi hijo. Una o dos veces por la noche me desperté llorando. Me decía, que teníamos que sobrevivir, pues no podría quedarme si mi pequeño no sobrevivía.

En esa noche dieron de alta a una de mis compañeras, y llegó otra. Una chica de 19 años que tenía un problema del corazón, y por tanto su bebé estaba programado para cesárea. En cuanto llegó comenzó a contarme de su vida, de su esposo, de su madre y de su problema de salud. Esas charlas me distraían tanto, y me daban un respiro.


5 de julio, 7:00am
La doctora en turno, quien había revisado mis resultados de laboratorio, se percató que el nivel de leucocitos era altísimo, lo cual indicaba una infección severa. Dijo que no podía esperar, y envió a pedir el quirófano.

-Voy a ser honesta con usted. Su nivel de leucocitos es altísimo, esto indica que ambos están infectados de forma severa. Es increíble que usted no se sienta mal, pero seguramente el bebé viene muy infectado. Debe hacerse a la idea de que su hijo puede no sobrevivir a la operación, pues los resultados de laboratorio no son nada buenos. La vamos a intervenir ya, y hágase a la idea de que estos bebés vienen con graves problemas, lo más seguro es que tenga problemas de retraso mental y que lo operen o le tengan que hacer transfusiones-

Dicho esto, mi corazón se apretó como nunca. En nervios, mi deseo era ver a mi esposo, sin embargo, no lo permitían porque no eran horas de visita. 

Sin embargo, mi esposo pronto se enteró de que yo sería intervenida, le hicieron firmar un papel en el cual explicaba los riesgos de la operación y las posibilidades de que mi hijo o yo no sobreviviéramos a la misma. Así, mi esposo como pudo, logro accesar hasta la habitación donde me estaban preparando. Me tomó de la mano y con lágrimas me dijo que todo saldría bien. 
  

11:29 am Aldebarán nació, pesando 1410 gramos, con un derrame cerebral de tercer grado, infección en el pulmón derecho e ictericia.

Cuando lo ví por primera vez y lo escuché llorar, comencé a llorar también. Lo miré tan pequeño, y me asombré. Miré su boquita, sus manos, tan pequeñas.. Lo miré y no dejé de mirarlo y mirar cómo se lo llevaban. Bendije su nacimiento. Y me quedé muy sola en el quirófano, con la sensación de necesitar estar cerca de mi hijo. 


...Ahí, comenzó la experiencia más transformadora y profunda de mi vida, un dolor y un milagro que recuerdo con amor siempre cuando veo la cicatriz en mi vientre y las cicatrices de las agujas en los pies de mi bebé. Lo que vino después... es un ejemplo hermoso de que los milagros existen, de que toda situación es perfecta y que nuestros hijos que nacen antes, nacen en el tiempo de Dios.   














Un parto prematuro tuvo antes una ruptura prematura.



Cuando platico esto con algunas mujeres y madres, de bebés prematuros o no, me resulta una situación difícil porque intento en mis palabras no herir susceptibilidades, y sin embargo, pocas veces lo logro. 

Pero el punto es éste, que entendí que para desencadenarse un parto prematuro, la madre debió desvincularse antes de su cuerpo o de su bebé o de ella misma o de todo. Y esto me sucedió a mí.

Cuando yo me embaracé lo hice desde un amor muy profundo, arrebatada en la presencia de mi esposo, con felicidad. Y conforme pasaron las semanas, los cambios en todas mis facetas, mis emociones y mis supuestas necesidades me fueron abrumando. Hoy me doy cuenta que no estaba preparada para concebir a un ser humano. Esta es una responsabilidad enorme que debería tomarse con mayor consciencia. 

Así, concedí toda importancia al hecho de tener cosas materiales para mi hijo. Antes de cualquier cosa, me parecía imprescindible tener una cuna, una carriola, ropa de muchos colores, una habitación especial, un asiento especial para el automóvil, un columpio que lo arrullara, y me interesaba reunir suficiente dinero para pagar la mensualidad de la mejor guardería de la zona... en fin, ahora que lo veo a distancia, todos estos aditamentos hacían constar mi gran desvinculación con la maternidad misma.

Cabe decir que también me alimentaba de lecturas, videos, audios; me interesaba saber del crecimiento de mi pequeño semana a semana y seguía las guías en internet que tratan del desarrollo fetal. Es decir, dentro de mí sabía que debía prepararme, sin embargo, no tenía las herramientas para hacerlo.

Tenía 29 semanas de embarazo cuando una mañana mi esposo me levantó de la cama, asustado, pues había yo manchado la sábana. Inmediatamente me levanté y me revisé. Decidimos ir rumbo al hospital y bueno... todo un episodio lo que vino después. El punto es que, mientras estaba en el hospital, me recordaba de mi mala suerte y de lo "difícil" que era mi destino... Tocaba mi vientre y le pedía a mi pequeño que fuera fuerte y se quedara conmigo. Sólo en un pozo tan profundo y oscuro me daba cuenta de la importancia de la luz.

Esos días de hospital, de UCIN, de tráfico, de manos impecables, de gorro y cubrebocas, de elevadores, de banco de leche, de tardes en la cafetería del hospital y de besos a través del cristal de la incubadora, fueron eternos. A cada día correspondía un duelo distinto, una desgarre que se volvía enorme hendidura en el dolor de verme separada de mi hijo, y saberlo entre la vida y la muerte. 

Todo terminó cuando decidí hacerme cargo de mí y aceptarme responsable por todo lo que estaba sucediendo (y aquí digo responsable, no culpable). Así que comencé a trabajar con mis dolores personales, con mis pérdidas, con mis miedos. Comencé a entender que "algo" había sucedido y que me tocaba trabajar en ello. Y me tocaba por ser la madre, y porque sólo yo podía sanar la situación de mi hijo. Así de poderosa es una madre. Esto es algo que entendí muy bien, que ni médicos, ni especialistas, ni enfermeras, ni trabajadoras sociales iban a lograr hacer lo que yo, con amor y trabajo personal.

Hoy, que veo los días de UCIN muy distantes, y que mi trabajo personal, emocional y espiritual constante ha rebasado los 365 días, admito desde el corazón que yo fui responsable de la desvinculación que tuve con mi maternidad y que me llevó a tener un parto prematuro. Sin embargo, las cosas sucedieron así y hoy las veo como perfectas, pues me han llevado a una bella consciencia de lo que es el amor maternal y del gran poder que la vida de una madre tiene sobre la vida de su hijo.

Por supuesto, sigo trabajando conmigo y en mi relación con mi hijo. Entiendo que hay mucho por reparar aún, y me siento feliz por la consciencia y voluntad que ahora tengo para saber que así será. Como nota final, debo contar que sí compré la carriola, la cuna, decoré el cuarto exclusivamente para él, pero fueron gastos innecesarios y absurdos. Hoy sé que lo único que él necesita en esta primera infancia lo tiene disponible 24/7: nuestros brazos, nuestro cariño y nuestra cama.










  

Hablar de Prematuridad...



"Un bebé prematuro es aquel que nace antes de las 37 semanas de gestación, es un bebé que nace inmaduro. Hay prematuros que nacen entre las 35 y 37 semanas se consideran moderadamente prematuros, si nacen entre las 30 y 34 semanas se consideran muy prematuros, si nacen entre las 26 y 29 semanas y tienen un peso alrededor de 750 a 1600 gramos se les llama prematuros extremos, y si nace antes de la semana 26 y pesa menos de 750 gramos, se les llama microprematuros" ...Palabras más, palabras menos, esta fue la explicación que nos dio la pediatra que atendería a mi hijo, ya fuera de la UCIN.

Mi hijo nació a las 29 semanas de gestación, pesó 1410 gramos y midió poco más de 30cm: un prematuro extremo o un gran prematuro; además, al nacer tuvo un derrame cerebral grado 3 (hay hasta 4 grados) que terminó en leucomalacia periventricular, ictericia, infección de pulmón y poco antes de darlo de alta le tuvieron que hacer una segunda transfusión, además de detenerlo una semana más en el hospital ante la probabilidad de haber desarrollado enterocolitis necrotizante. El panorama para él era muy desolador de acuerdo a los neonatólogos y especialistas, todos me decían que mi hijo necesitaría cuidados extremos, y que no me asustara ante la idea de tener un bebé con parálisis cerebral, entre otros padecimientos.

Al saber yo esto, como mamá, comencé a sentirme muy culpable. De inmediato me di cuenta de que "algo" estaba roto y necesitaba urgentemente dar con la sustancia que lo uniría de nuevo. Sin embargo, estaba muy perdida y confundida en el bullicio, entre las voces de las enfermeras, de los doctores, de las trabajadoras sociales, de mi madre, de mi familia, de mis amistades, de mi pareja, incluso de aquellos que sólo juzgaban. Muy mal hecho, ahora lo sé. Sin embargo, hubo una mujer muy en intimidad con la maternidad que me dijo y no se cansó de repetirme: escúchate solamente a ti y a tu hijo, a nadie más. Y así comencé a hacerlo.

En la segunda hospitalización que tuvimos, decidí darme el tiempo para escuchar en silencio lo que él quería decir, con cada llanto, con cada recaída, con cada ausencia de sueño, con cada nueva transfusión... Además, tuve la buena estrella de que mi madre me regalara el libro de Laura Rincón Gallardo "El abrazo que lleva al amor", y entre espacios de comida y cuidados lo leía, con minuciosa  inteligencia, con un cariño muy decidido. También me daba tiempo para escribir, y mientras me bañaba me permitía llorar, incansablemente. Todo el tiempo lucía yo triste y con los ojos hinchados. En verdad me dolía en lo profundo saber a mi hijo entre la vida y la muerte, sobretodo cuando todo debería ser llegada a la vida.

Así, cuando nos vimos en casa de nuevo, decidí ya no alarmarme ante cualquier situación extraña, decidí confiar en nuestro amor, vincularme con él y llevarlo conmigo todo el tiempo. Compré un fular, y resolví no escuchar a las que me decían "lo vas a embracilar, lo vas a hacer chillón, también ponle límites", etc. En mi corazón sabía que mi hijo necesitaba de mi tanto como yo de él, que necesitábamos fundirnos y reconocernos... y reponer todo el tiempo que no habíamos tenido juntos. Así que no me importó nada de lo que oía en el exterior, y continué escuchándonos, solamente a él y a mi. 

Y así, mes con mes fuera de la UCIN y al cuidado de mamá (porque papá debió ir a trabajar todo el día para pagar las enormes cuentas que necesita para disiparse la prematuridad), mi hijo empezó a dar señales de mejoría: su peso comenzó a incrementar, sus pruebas daban resultados alentadores, no se presentaban problemas de estómago o pulmones y su desarrollo psicomotor parecía ir bien. Nos estábamos reponiendo. Así, hasta llegar a los 13 meses, edad en que decidimos dejar de ver a la pediatra especialista para optar por métodos homeopáticos y naturales.

El cuidado físico ha ido siempre de la mano del cuidado emocional, y no sólo para mi hijo, si no para con nosotros dos como pareja y padres de él. Creo firmemente que toda enfermedad o padecimiento responde siempre a una crisis emocional o a un momento personal difícil. El cuerpo es tan sabio que habla lo que el corazón no dice. Y metafísicamente somos un todo que responde al todo. No hay más. El cuerpo físico sano es un gran trabajo del cuerpo emocional.  

Contrario a lo que he visto en muchas mamás, mi crisis y duelo fueron extremos ante la prematuridad de mi hijo, todo lo viví en honda sensibilidad y dolor. Para mi significó bajar al inframundo como la Demeter que va en busca de su cría. Lloré todos los días, sufrí, padecí y no había poder que me tranquilizara, sin embargo, esto no me enorgullece, y no lo cuento a modo de acto de constricción. Más bien, lo hago visible porque caigo en cuenta que la maternidad es un tema difícil en mi vida y en la historia de las mujeres de mis familias.

Y hablo de la prematuridad, le agradezco y la honro, porque sé que fue ella la que me permitió volverme una mujer más consciente y más abierta al amor, en su belleza y en su fragilidad. Por que hoy sé que gracias a la prematuridad de mi hijo, pude saber de qué está hecha la fortaleza, y que gracias a ella en nnuestras vidas aprendí que aún la huella más pequeña cuenta ya una GRAN HISTORIA.



Nacer antes y convertirse en un niño de brazos: la gran bendición.






I. Los brazos de mamá son la mejor cuna del mundo.

No existe tal cosa de "embracilar" a un bebé o "malcriarlo" si se le ofrecen los brazos -y cargarlo- cada vez que lo pide. Esta necesidad de estar con su mamá y de ser llevado en brazos es la bendición de la VINCULACIÓN.


Dice Laura Rincón Gallardo, precursora de la terapia de contención en México, que mamá e hijo se "prestan un servicio" al llevar a cabo la vinculación. Yo lo veo de esta manera: el bebé con su olor, con su llegada, con su cercanía le permite a mamá permanecer en un delicioso estado de enamoramiento, una sensación increíble de bienestar; y mamá, a su vez le da al bebé una sensación de seguridad y protección.

Sin embargo, la vinculación puede verse afectada muchas veces. No siempre el parto es la experiencia hermosamente transformadora que vincula madre con hijo. En ocasiones, por ejemplo, en un parto prematuro, o en un parto que termina en hospitalización para uno de los dos y en terrible separación, la vinculación se ve afectada.


¿Y por qué se afecta la vinculación en estos casos? Por que el bebé en lugar de recuperarse al lado de su madre de esa transformadora experiencia de venir al mundo, lo hace sólo y aislado en una incubadora.

Un bebé que va del vientre a la incubadora o a la cama radiante de una UCIN, es un bebé al cual se le quita la oportunidad de sentir el calor de mamá para recuperarse. Y esto es terrible, pues el bebé debe aprender a sobrevivir lejos del abrazo, lejos de la lec

he materna, lejos del cuerpo de mamá, lejos del amor.
El único contacto humano que reciben estos bebés hospitalizados, es el que proviene de enfermeras, doctores y especialistas que los tocan para pincharlos, revisarlos o cambiarlos de pañal. Todo contacto humano en el hospital es técnico, y aunque pueda ser humanizado, NO SERÁ JAMÁS COMO EL CONTACTO CON MAMÁ Y PAPÁ.

Muchos bebés no logran sobrevivir. Y es justo decir que muchos de ellos realmente fallecen por desamor, por falta de contacto.

¿Y qué sucede con los bebés que sobreviven y que pueden ser llevados a casa?



II, Los brazos de mamá sanan.

No hay mayor oportunidad de sanación y restitución del vínculo madre-hijo, que aquella de una mamá que puede llevar al bebé, por fin, a su hogar y con los suyos. Esto represen
ta la más grande ocasión para reponerse juntos y agradecer la vida de ambos.


El bebé prematuro o separado precipitadamente de mamá, que llega a casa después de días y en ocasiones meses de hospitalización, es un bebé que necesita ser criado en brazos. Es un bebé que necesita mucho contacto, pasar mucho tiempo recostado en el pecho de mamá, sentir su calor, olerla, reconocerla, y volver poco a poco a tener esa sensación seguridad y protección que perdió.

La terapia de contención y la crianza en brazos son como la respiración para un bebé prematuro o separado de mamá en su nacimiento. Y esto también ayudará a la mamá.

Para mamá, sentir a su bebé, reconocerlo, saberlo suyo, olerlo, tocarlo, tenerlo cerca, disipará poco a poco el miedo a perderlo de nuevo o lastimarlo. Este reconocimiento les ayudará a vincularse de nuevo, a ir sanando mutuamente a través del manto fuerte e invisible del amor. El amor es la respuesta para volver a la vinculación.

Convertir al bebé en un niño de brazos no es una locura, ni un mal consejo. Es todo lo contrario: la gran bendición de sanar. Se ha comprobado que un bebé que es cargado, por lo menos 4 horas al día, se vuelve un bebé seguro, confiado, feliz, poco irritable y sano. Los bebés que son llevados en el pecho de mamá suben más rápido de peso, reinciden menos en enfermedades propias de su nacimiento y presentan menos problemas de salud.

¿Pero, cómo? ¿Cargarlo más de tres horas a diario?


III. El porteo natural: convertirse en un niño de brazos.

Actualmente existen muchas opciones para llevar a tu bebé cerca de ti y que te dan la oportunidad de realizar tus actividades diarias, sin cansarte: : fulares, rebozos, mei tai, rebozos de anillas, en fin. Puedes buscar en internet y las opciones son muchísimas. Una vez que te acostumbras a ellos, tú y tu bebé los adorarán.



Nada mejor para un bebé que convertirse en un niño de brazos, "embracilarse" o "malcriarse" en brazos, como muchos lo llaman. No hay nada mejor para crecer a un bebé que el instinto de mamá: Esa voz que no escucha críticas o consejos de otros, sin haber escuchado primero a su corazón y al corazón de su bebé.






Restituir el Vínculo Amoroso...

Estos apuntes están dedicados con mucho amor a Linn Pineda, Mireya Bonilla
y a Vicky, mi compañera de esperanza.

Por ahí en una recomendación del libro "Pintará los soles de su camino" leí una frase que me movió el corazón y describe justo lo que está pasando en mi vida: "nunca es tarde para sanar, zurcir y cerrar el ciclo del tijeretazo, y comenzar uno nuevo de amplios vuelos."

Cuando mi hijo nació prematuramente, a las 29 semanas, me vi en un tiempo de confusión, no sabía qué estaba sucediendo y menos sabía qué iba a suceder. Segura estaba de sólo una cosa: mi llanto. Me sentía no sólo abrumada, sino, ultrajada, impedida, y sobretodo alejada del objeto de mi amor.

Se nos ha enseñado que las cosas difíciles de la vida son así y que si las lloramos o tenemos duelo por ellas, somos débiles. Se nos ha dicho que ante la adversidad debemos ser fuertes y que la fortaleza va acompañada de cero lágrimas. ¡Qué lejos estamos del círculo de amor que envuelve y abraza a la vida!

Ahora desde estos ojos y este tiempo, entiendo perfectamente que yo estaba pasando por un terrible duelo, y de todas las personas que me acompañaron, sólo una entendió mi sentir: aquella más conectada con lo femenino y la maternidad. Cada una de sus palabras fue abriendo en mí una conexión muy especial con cada uno de mis sentimientos. Y comencé a entender.

Me dí cuenta que algo se había roto, y que no estaba exagerando. Se dice que los padres del bebé prematuro pasan por una especie de duelo similar al de la pérdida de un hijo. Es decir, todas las expectativas de un feliz embarazo a término se ven fracturadas. En vez de un parto natural y un colecho maravilloso después del parto, tenemos horas y horas en la Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales, máquinas y cables alrededor de nuestros pequeños, una fría cesárea con cero recuperación y miles de cosas de bebé en casa que son ocupadas por la incertidumbre.

Aparte del duelo, el no saber si mi hijo regresaría a casa con nosotros o no, fue para mí como vivir en el limbo. Día a día los diagnósticos cambian. En un momento todo parece ir bien, y entonces viene una complicación.

Por supuesto que no estaba exagerando. Fue terrible para mi, no poder abrazar a mi hijo, besarlo, olerlo y sentirlo entre sus sábanas mientras lo amamantaba. Eso no pasó para nosotros los primeros 40 días de su vida. Y fue doloroso. Sólo las personas sensibles y que conocen de la importancia del vínculo madre-hijo entenderían.

Y sin embargo, ese tijeretazo pasó. Puedo decir que poco a poco he restituido ese vínculo hermoso con mi hijo. ¡Y ha sido difícil, pero maravilloso! Me he entregado a mi maternidad, a mi ser mujer y a lo sagrado femenino con mucha devoción. Y hemos sanado mucho. La llave a tanto bienestar ha sido: la crianza con apego seguro, el babywearing, el colecho, la alimentación con leche materna, inteligencia emocional en pareja y para con nuestro pequeño, el contacto con la Madre Tierra y sobretodo actuar con amor.

Con toda mi experiencia, lecturas, investigaciones, terapias y sobretodo instinto, puedo decir que tanta intervención médica sólo da embarazos mal procurados, partos dolorosos, complejos y sin respeto de la madre e hijo, y desvinculación.

Las mujeres tenemos todas las respuestas en nuestro interior. Es cuestión de ir ahí todos los días, por la mañana o por la noche. Y las cosas irán bien. Más que bien.