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La dignidad de los hombres


Con mi segunda maternidad se parió nuevamente la oportunidad de mirar algo que el corazón ya miraba pero que resultaba necesario hacerlo de manera más profunda y consciente: honrar la dignidad de los hombres en mi familia.

Puedo decir que aún no sé cómo funciona exactamente la memoria del árbol genealógico, hay algo de magia que va más allá de la teoría o de lo que pueda saberse por bibliografía y consulta. Sin embargo, hoy sé que existe, como una fuerza fuerte y terrible -cuando no es tomada en cuenta. Y justo, en la orilla que inicia el posparto, arremete, como si hubiera esperado hacerse manifiesta en el cuerpo abierto de una mujer, de una rama que da frutos, que se abre a la vida y que con ella abre el linaje.

Y así, a días de haber nacido mi hijo Gibrán ha surgido en mí la necesidad de volver a mirar mi historia (esa historia que ya había tocado), de volver la vista hacia los nombres no dichos, hacia las historias de los hombres que se han ido y de los que se han quedado, de los que han nacido y han vivido una gran batalla para poder estar en la vida.  Pero esta vez, esa mirada ha querido tornarse también hacia las mujeres... ¿Cómo lo vivieron las mujeres de mi familia?

Con miedos irracionales, con el temor de pasar del "Baby blues" a una verdadera y honda depresión posparto he tenido la gran gran necesidad de navegar las aguas de mi memoria. Y he dado con las cicatrices que llevan las mujeres en mi linaje... cicatrices físicas y psíquicas. Y ahí, he encontrado más que preciso mirar a los hombres... mirarlos, y con cada mirada sanar la imposibilidad del fluir del amor entre unos y otras, entre ellos y ellas. 

Esta vez la experiencia ha surgido en menor opacidad, con belleza, con dolor, pero con esperanza dulce, porque en esta ocasión los ojos de mi hijo me han permitido conectarme con él desde un lugar donde sólo existe la belleza, donde más consciente de mí me he permitido verbalizar el dolor sin resistencia o miedo a lo que podré encontrar. Hoy sé que a menor resistencia mayor sanación. 

Y así, en esta exploración de mis raíces, en este permitirme tocar el dolor y la incomodidad del posparto inmediato, he encontrado bienestar para poder ser más presente para mí, para mi hijo, para esto  nuevo que va naciendo con nuestra familia -ahora- de cuatro. 

Si algo está sucediendo ahora, es el florecimiento de un profundo agradecimiento a la vida, al misterio que existe detrás de ella; que nace, que me sostiene y milagrosamente se manifiesta desde la mirada de cada uno de los hombres que amo: mi compañero y mis hijos, que a su vez me conectan con la vida de cada uno de los hombres que han sido, con su dignidad y luz, sin la cual, nada hubiera podido ser posible.




Sanar el vínculo con Mamá...



Distante estrella es este amor, 
que a nuestro hogar es buen conductor.

Cuando la maternidad llegó a mi vida, como una Caja de Pandora, se abrió para dar paso a esos aparentes "males" que llegan con las bendiciones de un nuevo estado físico, emocional y espiritual. Poco a poco, a partir de distintas situaciones y palabras, mi maternidad se abrió en mí para dar paso a las maternidades de las mujeres en mis linajes. Con mi ser madre, devino la reflexión del tipo de maternaje que había recibido por parte de mi madre, y a su vez,  el que ella había recibido de mi abuela; comencé entonces a mirar y a sentir las ausencias y las heridas en nuestros vínculos: en mi vínculo. 

Es así para muchas mujeres: la maternidad nos abre a las maternidades de nuestros linajes, y nos permite ver la relación que hemos tenido con nuestra propia madre. Es aquí cuando muchas de nosotras comenzamos a mirar alguna herida, algún vínculo roto, alguna ausencia. Y me atrevo a decir que otras tantas, llegamos a sentir una terrible orfandad. 

Muchas de nosotras hemos crecido con madres ausentes o enfermas, en lo físico, en lo emocional o en lo espiritual; muchas nos hemos sentido abandonadas, retadas, insuficientes ante los ojos de mamá. Algunas, recordamos haber recibido de ella unos cuantos abrazos y muchos regaños o desaprobaciones; o recordamos palabras dolorosas con las que ella nos describía, por "no ser" lo que se esperaba de nosotras. 

Incluso, ahora, en nuestra adultez, es posible que sigamos buscando diariamente con nuestros actos y "logros" la aprobación de mamá, una aprobación que tarda en llegar, que parece llegar, pero que nunca llega y sólo nos hace enfurecernos más con nosotras mismas, y frustrarnos por no bastar los muchos roles que intentamos cumplir para sacar siquiera una leve sonrisa del rostro de mamá. 



Pues bien, este llamado que parece individual, que parece sucedernos sólo a nosotras y a nadie más, en realidad es una oportunidad colectiva para sanar el vínculo con la madre: con lo femenino. Esto que nos sucede en la intimidad a muchas mujeres es una gran coincidencia de tiempo y espacio para reparar aquello que parecía haberse roto, y comenzar a percibirlo desde otro lado, con una mirada más nítida, más amorosa. Porque resulta que hemos crecido en sociedades huérfanas, en sistemas patriarcales donde la mujer ha tenido un lugar secundario, de subordinación,  donde no se la ha permitido vivir en plenitud y desde sus dones. De esas sociedades también vienen nuestras madres, nuestras abuelas y bisabuelas, sí, la vida no la han tenido fácil. 

Mirar amorosamente la historia de nuestras madres puede ser el primer paso para resonar con ellas en empatía e integrar un poco de nuestra historia individual y colectiva. Mirar su infancia, saber del lugar donde vivió, con quiénes y cómo lo habitó, saber de sus padres, de sus hermanos, de sus anhelos de niña, de los sueños que creyó rotos en su adultez, nos puede regalar una percepción diferente de esa persona a quien nos enganchamos y a quien nombramos con insistencia como para darle total identidad con la palabra "mamá". 

Permitir -con el corazón- que nuestra madre se quite el título de "madre" y se conceda el vivirse solamente como mujer, no sólo la libera a ella, si no a nosotras, pues así podemos permitirnos ser nuestra propia mamá, para nutrirnos, abrazarnos y guiarnos en completa libertad. Cuando limpiamos el espejo que somos nosotras se limpia también el espejo de la madre enjuiciadora, castrante y dañina, que muchas hemos visto en nuestra mamá, y que incluso, hemos perpetrado. 



Cuando mi hijo cumplió dos años soñé con un bosque en el que mi madre y yo bailábamos en un círculo de mujeres. El totem al centro era una Gran Osa. La celebración era única y todas nos mirábamos iguales. En el sueño mi madre tenía mi edad. Cuando el fuego se acrecentaba, ella se acercaba a mí y me decía "permíteme ser una mujer más". Fue entonces que entendí que poco a poco me había construido una cárcel y le había puesto el nombre de "mamá", y la había hecho responsable de mis necesidades no satisfechas y de mi falta de valentía. Por el bien de ambas, decidí trabajar conmigo misma para dejarla libre. Y así fue.

Debo confesar que hasta hace unos meses y después de un año de proceso -con ayuda de mi guía- solté de corazón mi historia con mi madre, tal y como yo la conocía y la había creído. ¡Y fue tan liberador! Sólo entonces me permití ser mi propia madre y tomar una madre mayor: la Madre Tierra. 

Desde entonces, agradezco más y profundamente a mi madre el haberme dado la vida, hermoso regalo que me ha permitido andar el mundo, recoger experiencias, tener un compañero y disfrutar la sonrisa de mi hijo, y más, y más, y más. Soltar nuestra historia me ha permitido comenzar a escribir la historia de mi maternidad desde ningún referente y en plena libertad, eligiendo lo que mi corazón me dice, sin buscar la aprobación de nadie, sin ceder mi poder, sin poner pesadas lozas sobre mi madre. 

Por supuesto, este camino sigue, y sanar nuestro vínculo es aún una tarea que me permito hacer cada vez que nos miramos, cada vez que hablamos, cada vez que tomamos decisiones para las dos. 

Hoy sé que sanar el vínculo con nuestra madre es un camino intenso, tan intenso como la maternidad misma. También sé que el proceso  puede tomar días, meses y años; integrar pieza por pieza hasta integrarlo todo no es tarea fácil, pero es un camino repleto de aprendizaje, lleno de amor, tolerancia y comprensión. Sanarlo individualmente enriquece la sanación colectiva, la integración de todos los vínculos que nos llevan a la experiencia de ser nutrido y nutrir. 

Si hoy éste es tu llamado, bienvenida al camino, al camino del corazón que desea recordar su doble latido (que conocimos en el vientre materno), sin expectativa, libre de condicionamiento, del corazón al corazón, donde mamá es el hogar y el hogar somos nosotras...






















El Colectivo de Investigación y Educación por una Maternidad Empoderada y Respetada invita a sintonizar Once TV en televisión abierta mexicana o vía internet: www.oncetvmexicolive.tv

para mirar el programa "Diálogos en Confianza", en el cual se abordará el tema "VIOLENCIA OBSTÉTRICA".

Más información:
www.maternidadempoderada.org






La Maternidad Sagrada

Arte por Ingrid Tusell Domingo

Agradecer cada nuevo sol, cada nueva luna, cada nueva oportunidad de abrir los ojos, cada tiempo en que podemos mirar a quienes amorosamente acompañan nuestro camino (árboles, nubes, animales, gente) y sentir cada uno de nuestros pasos y respiración de manera consciente nos conecta con lo más sagrado de nuestra andanza.


Un tiempo en que este paso nuestro fue sagrado...

En tiempos pasados, en tiempos llamados "pre-históricos" las sociedades se conformaban alrededor de la figura femenina como sagrada. La agricultura se regulaba desde el tiempo espiral de la luna y desde los ciclos de las mujeres: ciclos lunares. Cada mujer se conocía sabia, cada uno de los elementos de su sabiduría eran profundamente honrados por toda la comunidad, existían las carpas rojas, la celebración de la luna negra como momento de cerrar un ciclo y abrir otro de varios días y años, no existía la linealidad para medir el paso de la humanidad, y la maternidad, era vista como el momento más sagrado de la mujer, un tiempo único en que la mujer gozaba en plenitud sus dones creadores. 

Para saber cómo se perdió este tiempo de bonanza y bienestar de lo femenino, no hay más, una debe rastrear la historia del patriarcado, hay que ir más allá de la historia tal como nos la han contado, debajo, hacia aquello que no se ha dicho pero que persiste en la escritura, la pintura y otras manifestaciones prehistóricas y a-históricas proveniente de las manos, pensamiento y obra de la mujer. Ahí, se encuentran las claves, la justa magnitud de lo que nos ha sucedido, de lo femenino herido.

Y cuando lleguemos ahí, nos vamos a dar cuenta que esta historia extrapolada hacia lo masculino, hacia la rapacidad, no sólo ha herido a las mujeres, pero también a los hombres. El patriarcado como un sistema piramidal  y opresivo de poder no sólo pone a la mujer en un lugar de gran vulnerabilidad y minusvalía, pero también al hombre, al cual se le da el valor de su hombría (y su lugar en el sistema) en medida de lo que  produce económicamente, lo que tolera, por cuan rapaz es, por cuan insensible es, por cuan está sobre los demás, incluyendo a quienes más ama.

Este sistema nos ha enseñado que todos perdemos, en menor o mayor medida, y con este paso rápido, incesante, sin tiempo, hemos perdido también toda oportunidad de agradecer y volver sagrado cada instante de nuestra humanidad. 




Este paso en que cada vez me alejo más de tí, mamá...

Cada una de las cosas por las cuales podemos estar agradecidas, cada cosa que nos conecta con el gozo de ser mujer, se nos ha ido arrebatando: la menstruación, el disfrute sexual, el acto de parir y la menopausia. Nos han despojado de cada uno de estos pasos iniciáticos; de una u otra forma se nos ha dicho que no podemos confiar en nuestro cuerpo, que nos puede traicionar, y por mucho tiempo hemos creído que en nuestro cuerpo de mujer, sufrimos, que nuestro cuerpo es sucio y todo lo que provenga de él es desechable. 

Desde muy pequeñas o pequeños se nos separa de nuestra madre, y poco a poco el sistema se encarga de que nos alejemos cada vez más de ella, sobre todo espiritualmente. Nos separan al nacimiento, y luego promueven que el alimento que ella nos da no es suficiente (y entonces abundan las leches artificiales), posteriormente, si el sistema ha hecho bien su tarea, podemos comenzar a ver a nuestra madre como una rival, como una madre castradora o víctima, desempoderada en ambas formas. Y en esta separación trascendental ya no tenemos tiempo para pensar en lo sagrado, para re-conectar con nuestro cuerpo femenino, incluso, muchas veces preferimos alienamos de él. 

Desacralizar o tener una concepción errónea de lo sagrado es la manera más directa de esterilizar nuestras vidas, porque todo lo que hacemos deja de tener sentido, y todo lo que alcancemos deja de tener peso o se vuelve un gran peso en lugar de una bendición. 

Comenzando por nuestro nacimiento y la relación con nuestra madre, las mujeres tenemos que abrirnos a una profunda consciencia de todos nuestros pasajes de vida, rescatarlos, arroparlos de nuevo y portarlos como semillas espigadas, dadas en fruto y flor.  



Recuperar lo sagrado de la maternidad...

Es la maternidad, la pieza más sagrada del paso total de la mujer por el mundo, y por tanto es a la que más se ha embestido. La sociedad ha puesto desde la maternidad un yugo en la mujer. 

Y así, se nos ha invitado a sacrificarnos, a dolernos, a conmiserarnos desde esta etapa que debería ser maravillosa. Se nos ha enseñado que es un constante dar y dar hasta sentirnos oprimidas y asfixiadas, se nos ha dicho que toda mutilación en nuestro cuerpo valdrá la pena, porque entre más suframos en el parto mejores madres seremos y más nos habremos merecido el título de "mamá". 

A la maternidad se le ha vuelto un yunque, un castigo para la mujer, una elección que la vuelve más responsable y bendita en la medida en que más se renuncie así misma en pos de los demás.

Para rescatar nuestras maternidades hay que hacer una auscultación profunda de nuestros pasajes y de nuestra historia de género. 

Si conocemos nuestra propia historia, la contada por nosotras, por nuestros rastro y huella, podremos tener acceso a una nueva conexión con nuestro ser. 

Si comenzamos a recordar por qué y cómo se dan nuestros momentos sagrados como mujeres, en que somos más agua, más lunares, más Universo, obtendremos la llave para la gran puerta del autoconocimiento. 

Vivir lo Sagrado no es una cuestión meramente espiritual o religiosa en las acepciones comunes, tampoco tiene que ver con teorías fantasiosas, más bien es un cambio en nuestra percepción del mundo. 



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El próximo lunes 22 de julio daremos inicio al Curso-Taller "Maternidad Sagrada", en la Ciudad de México, en cada sesión iremos revisando nuestra historia personal y nuestra historia general como mujeres.

Este curso-taller está dirigido a toda mujer que desee explorar los pasajes sagrados de lo femenino, y sobre todo para aquellas que acompañan a otras mujeres: doulas, terapeutas, consultoras especializadas en maternidad, gineco-obstetras, enfermeras y por supuesto, mujeres embarazadas, madres o toda mujer que desee embarazarse y vivir su maternidad de una manera más gozosa y consciente. 


Temario
1. La Mujer Lunar
2. Pasajes Sagrados e Iniciáticos en la Mujer.
3. Embarazo Consciente: el vientre divino.
4. Historias de Embarazos y Partos Conscientes y Sagrados.
5. Relatos y Fábulas acerca de la Maternidad.
6. Rituales de Bienvenida al nuevo integrante.(Rituales para la placenta)
7. Ritual de Bendición de la Maternidad (alternativa al Baby Shower)
8. Arrullo de mi linaje femenino: bendición de mi madre.
9. El parto sagrado y el cuerpo consciente. 
10. Maternidad espiral: vivir amorosamente el post parto.
11. La crianza centrada en la visión del corazón.



Si deseas conocer más acerca de horarios, costos y la ubicación del lugar, te invitamos a llamar a los teléfonos 2646-2765 y al celular 04455-27020340.

La sede será en Salem Witch Store & Coffee ubicado en Diagonal San Antonio #1747, Col. Narvarte, Ciudad de México, MÉXICO. 


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El bebé que no sabía que había nacido.... o ceder el poder.



La fotografía de un bebé nacido dentro de su saco amniótico intacto ha logrado un gran impacto en redes sociales. El obstetra que tomó y colgó la foto en su muro de Facebook tiene ahora una fanpage con más de 22,000 seguidores... también posee una página web y un grupo donde se ostentan las fotografías de sus "logros": partos y cesáreas electivas atendidas. Basta una lectura semiótica de las fotografías para entender lo que la sociedad "moderna" ostenta como milagros y encomia como "un trabajo admirable".

No quiero que se mal entienda este texto, mi postura no es en contra de una persona o personalidad, no me interesa entrar en ese debate y crítica fácil. Si el doctor ahora ofrece sus servicios en Facebook o tiene personas detrás que han sabido manejar la fotografía como un detonador mercadotécnico, es un asunto en el cual no quiero ahondar, y que sin embargo, refiero porque me lleva a la pregunta verdaderamente importante:





¿Dónde están las madres de los bebés?


El parto nos ha sido robado a las mujeres. Ahora quienes portan el nacimiento como un gran milagro SUYO son los obstetras, no las madres. Al buscar más información acerca de la famosa fotografía del bebé "que no sabía que había nacido" en ningún momento encontré datos de la madre, ella pasó de largo, nadie la felicitó, nadie supo su nombre, al menos no públicamente. Es que resulta que en esta sociedad es fácil borrar el nombre y el cuerpo de una persona -y sobre todo una mujer- para apropiarse de su experiencia de vida. Y nos parece ¡tan normal! Sin embargo, en casi todas las notas aparece el nombre del médico y datos de la página web en donde pueden contratarse sus servicios o sus datos en redes sociales.

He visto más de una treintena de fotografías de bebés nacidos en su saco amniótico, de partos atendidos por parteras; y son fotografías en las cuales se mira a la mamá siendo sujeto activo de su parto, no un objeto del cual se extrae un bebé. He escuchado las historias de mamás cuyo parto ha finalizado en el nacimiento del su bebé "dentro del saco", y es una maravillosa experiencia escucharlas y mirar la belleza de su creación. Muchos las hemos escuchado, y seguramente también hemos visto fotografías de bebés nacidos de esta manera, sin embargo, la fotografía que causa revuelo es aquella que denota "el milagro" de un obstetra, de un hombre. 

Pero no nos equivoquemos, los partos no son de los obstetras o del personal que lo atiende, los partos son nuestros: de las mujeres, de las madres.  

En esta sociedad "evolucionada" y "moderna" se aplaude la tecnología y la intervención como caminos para lograr que los acontecimientos sucedan con mayor rapidez. Como si se tratara de comida rápida, se ha dado paso a la preferencia de la producción en serie y de calidad mediana o baja... sucede esto también en el sector salud, cuyas altas en México son del 40% por cuestiones obstétricas. Es decir, en nuestro país 4 de cada 10 personas que son dadas de alta en un hospital público lo hacen por haberse atendido en cuestiones relativas al embarazo, parto y puerperio: es decir, son mujeres-madres. Sin embargo, es en esta atención obstétrica donde más se encuentran denuncias de violencia, en pocas palabras: a las mujeres nos borran el nombre, nos expropian el cuerpo, nos roban el parto, y la sociedad lo aplaude.

Esta es la violencia normalizada: LA VIOLENCIA OBSTÉTRICA,  la que se da adentro de los hospitales, en la atención de médicos, enfermeras y otros especialistas que creen que conocen mejor nuestras necesidades y nuestra fisiología. Esto es algo que ya no podemos permitir que suceda, porque es fácil para un sistema mayormente patriarcal sugerir que para prevenir o reparar situaciones en la salud de la mujer exista la posibilidad de mutilarnos, cortar nuestro vientre, nuestro periné y recientemente,  hasta ver como un acto loable el hecho de extirparnos los senos.

No nos equivoquemos, nuestro cuerpo es nuestro, y desde nuestra entera autonomía tomamos las decisiones pertinentes para nosotras. 

No permitamos el elogio a un sistema médico que se apodera de nuestra voluntad a través de nuestro cuerpo, que desde la desinformación toma decisiones sobre nosotras y nos hace culpables de todo lo que no sale bien. Ya no permitamos que nuestra única opción sea alcanzar la salud desde la mutilación; ya no más episiotomías, no más cesáreas innecesarias, no a la mastectomía como una forma de prevención normalizada (es decir, no como una moda, no cuando no es necesaria).



                       El bebé que ni se enteró que nació...

La frase que corona tantísimos titulares de diversos medios en todos los idiomas resuena en mí como una cesión de poder consentida.

Al parecer sí, el bebé de la fotografía no se enteró que había nacido... todos estaban ahí: el personal médico, el gran obstetra, la cámara, pero no la mamá y tampoco el bebé.  Todo indica que se trata de una cesárea electiva o una cesárea innecesaria. Es decir, el bebé ni siquiera pudo elegir el momento de su nacimiento.

En esta sociedad del control, es mejor que los niños ni siquiera elijan su día o momento de nacimiento, porque puede ser demasiada libertad. Tal vez, ahora parezca demasiado radical, pero es necesario que saquemos de un contexto de lo "normalizado", de lo "común", el hecho de que NO EXISTA LIBERTAD PARA NACER, ni libertad para parir.

Las mujeres ya no estamos pariendo, ya no estamos siendo sujetas activas de nuestro proceso de crear, ahora se nos están extirpando a los hijos, se nos está arrebatando la autonomía, la libre elección y ¡sobretodo, el gozo! Parir se ha vuelto algo que sufrimos y no algo que vivimos y llevamos a cabo con felicidad. 

Nuestros hijos están naciendo según la agenda del médico, según sus vacaciones, según su turno, según lo necesita su bolsillo. Nuestros hijos son los logros de los obstetras, no de nosotras. Es así de terrible. El sistema actual de salud nos está anulando a las mujeres. Es así de terrible.

Pero no nos equivoquemos, los partos no son de los obstetras o del personal que lo atiende, los partos son nuestros: de las mujeres, de las madres.  



Tomemos acción.

Es necesario que tomemos acción. Es necesario que nos informemos, que abramos nuestra consciencia en relación a nuestro cuerpo, a nuestras emociones y a lo que verdaderamente necesitamos. No alimentemos al sistema del miedo. No permitamos que el miedo se filtre por nuestras fibras más sensibles, confiemos en nosotras, vamos a estar seguras en nuestra autonomía y sólo permitamos un acompañamiento genuino, sobre todo en esta etapa tan trascendente de nuestra vida. 

México no sólo es el país número uno en cesáreas, es también el país con el más bajo índice de lactancia materna pero con un alto presupuesto destinado a la atención en temas de obstetricia. Los recursos que pagamos con nuestros impuestos no están siendo bien administrados, al contrario, están propiciando un mayor rezago en cuestión de salud, y sobre todo, salud materno-infantil. 

La población  en México se constituye en un 51.2% de mujeres, es decir, somos más mujeres que hombres; el 40% de las altas hospitalarias en la salud pública son por cuestiones obstétricas, y ésta es justo el área donde más violencia se ejerce. Las mujeres estamos siendo violentadas en un país donde somos mayoría. Tenemos que tomar acción.  Tenemos todo el derecho de exigir mejores condiciones para dar a luz, nosotras somos quienes recibimos la atención que pagamos. 

No nos permitamos normalizar la violencia, no permitamos parir con sufrimiento, vamos a parir con poder, con autonomía y exigiendo todas las condiciones para hacerlo con seguridad y de manera humanizada.  No nos equivoquemos, los partos no son de los obstetras o del personal que lo atiende, los partos son nuestros: de las mujeres, de las madres. 


He aquí la diferencia... 






   













La Maternidad es un circular constante, una espiral.



La Maternidad es vivir el cambio que persiste. Justo cuando logramos llevar con éxito los primeros pasos de nuestros hijos... ellos, ya han decidido comenzar a correr, ¡y una nueva dinámica aparece! 

Recuento mi escritura y me parece que fue hace unos meses cuando abordaba el modo de vincularme con mi hijo de casi doce meses de vida, y ¡ya casi entramos a sus gloriosos tres años! 

Nuestra dinámica familiar también ha cambiado, y hoy pienso en las constantes transformaciones que he experimentado desde que mi hijo salió de mí. Ha sido un ir y venir desde mi pasado y hacia mi futuro, pisando tierra presente. Hoy nuevamente me encuentro abriendo puertas que antes no conocí, integrando y resignificando todo eso que he sido... y cuando me detengo un poco a revisar esto último que voy escribiendo, un nudo se desata de mi garganta.

Casi llega mi revolución solar, mi cumpleaños, estoy a casi un mes, y no puedo dejar de pensar en la fecha como un portal que me llevará a más bendiciones, a nuevas maneras de andar el camino. 


Un sendero de espejos cambiantes...

Hoy más que nunca creo que cuando nosotras mujeres-madres en plena consciencia permitimos que la maternidad actúe como un poderoso fuego interno que nos integra y nos transmuta, podemos lograr ir siempre hacia una mejor versión de lo que somos, y el entendimiento se vuelve más profundo, y nos vamos ganando uno a uno los cabellos blancos, hasta totalizarnos sabias.

La maternidad es un cambio constante, una relación de espejos que dura hasta que la vida termina. Y no es que nuestra vida dependa o ronde alrededor de la vida de nuestros hijos, significa más bien, que esa maravillosa interdependencia entre ellos y nosotras nos puede permitir pulsar nuestras posibilidades, nos puede llevar a salir de la zona cómoda y explorar todo aquello que podemos ser y experimentar.

Hoy por hoy he dejado de creer que ser madre significa sacrificar los deseos personales y el bienestar propio para dar paso al bienestar de los hijos. Ese binomio maternidad=renuncia me parece completamente obsoleto. 

Hoy creo firmemente que justo se puede ser una madre presente y bondadosa cuando nos permitimos ser mujeres presentes y bondadosas con nosotras mismas, cuando nos procuramos también espacios de silencio para escucharnos, para saber hacia dónde vamos y hacia dónde queremos ir, para pintar nuestra visión personal y permitirnos manifestarla en un vuelo consciente y amoroso. Y desde ahí, desde nuestro espacio sagrado seguramente podremos ver con mayor belleza el espacio sagrado de los otros, nuestro compañero, nuestros hijos, nuestra familia y amigos, espejos constantes.



La Maternidad es una espiral sagrada...

Cuando el agua del océano es llevada al límite, tocada y encendida por el viento, comienza a formar una rizadura y se transmuta en ola. Así pasa con las mujeres cuando nuestras aguas quietas son encendidas. 

La maternidad es un gran portal iniciático, el momento en habitamos en agua y poseemos un doble corazón, somos el tambor de la vida.

Como el inicio de una espiral, si nos dejamos tocar y transformar, comenzamos a fluir en belleza, y cada una de nuestras situaciones vividas pueden venir a vivificarnos o a soltarse de nosotras para permitirnos andarl el camino con un equipaje más liviano. 

Hoy me miro y siento que cada vez me pierdo más y me vuelvo a encontrar, es como un constante llegar a casa, hoy agradezco la vida de mi hijo, que como dice una canción me ha vuelto mejor amante, me ha encendido, me ha hecho encontrar mi mejor motivo.

Y en plena transformación, deseo lo mismo para todas las mujeres-madres del mundo, todas aquellas con quienes convivo y a aquellas que aún no conozco, que el Universo nos permita vivir este portal con gozo.




























La Maternidad: Servir al Universo




Soy muy honesta: yo aprendí muy bien a funcionar en el mundo patriarcal. Siempre que exploraba los arquetipos femeninos caía en cuenta que me identificaba muy bien con la diosa griega Atenea, hija del padre, poderosa desde lo masculino. Y en la vida cotidiana aprendí muy bien a ser esa hija del padre, del patriarcado, a funcionar a través de no escucharme, a ser estratega, a obtener un puesto patriarcal entre los patriarcas, a luchar desde la separación; lo hice acaso como una forma de supervivencia, y tal vez para vivir esa polaridad divina de estar bien implantada en lo masculino para después encontrarme en colisión con lo femenino, y mirar amorosamente más allá del escudo (de ese escudo que porta Atenea)… hacia esa imagen de la Gorgona, de la mujer sabia, que vuelve piedra al patriarcado, que lo deja sin armas ante su intuitivo ojo.

Para mí el tiempo de ir más allá del escudo me llegó con la maternidad (...) 



¿Decirle "NO" puede ser positivo?


Mi crío ha encontrado la fascinación de la pequeñita palabra "NO"..."No, no, no", "¡No, mamá!", dice con orgullo, y a veces con desafío.

Sabía que pronto llegaría esta etapa. ¡Lo sabía, vamos hasta la esperaba! Mi hijo siempre había mostrado tener un temperamento fuerte, y ahora, pasados sus dos años de vida, esperaba yo ver cómo le sucedería abrazar su primera independencia. Esto es como tener un pequeño, pequeñito, adolescente: un chico rebelde que con vaso entrenador en mano osa pasear con su triciclo por toda la casa hasta que se cae, se lastima la mano, ¡y vuelve con mamá para que le de besos y lo abrace!

¡Y me fascina mirar cómo goza su libertad, las posibilidades de su cuerpo! Me encanta mirar cómo brinca de un lado a otro, cómo salta de la cama al suelo, cómo escala los sillones, cómo desea resguardar sus espacios y cómo trepa la mesa hasta conseguir una deliciosa banana. De pronto, por supuesto, sus "Nos" se cruzan con los míos, con los de papá y hasta los de las abuelas, sin embargo, he aprendido a respetar y entender su "primera adolescencia" y me siento mucho más asertiva al manejar sus enojos y su deseo por proteger sus espacios sagrados.

¿Qué me ha enseñado mi adolescente de dos años de edad? Que...


Está bien decir "NO"

Para él, decir "no" es una forma de mostrar límites, y justo el respeto a que pueda decirlo marcará que en un futuro pueda decir que no cuando no desea hacer algo que pueda no ir con sus valores o sus deseos. Y no sólo para él, para mí decir no de cuando en cuando me ha ayudado a resignificar la palabra y a evitar accidentes e incidentes. 

En un principio sólo deseaba decir "sí" o darle alternativas, en todo momento evitaba la pequeña palabra negativa pensando que podía hasta ocasionarle "alguna situación". Sin embargo, me he dado cuenta que decir no es sano cuando de verdad es necesario decirlo. ¡Y por supuesto se lo permito a él!

En nuestra sociedad los "no" y los "sí" nos los tomamos como algo personal, y de pronto, aún en nuestra completa adultez-madurez, en ocasiones, no logramos vislumbrar que decirlos tiene que ver más con   la justa petición de respeto a los espacios y tiempos sagrados de cada persona. Es un derecho divino decir lo uno o lo otro. Así también cuando se trata de nuestros increíbles toddlers.



Hay que poner el Sí y No sobre la balanza

Mi hijo mira con curiosidad la manera en que mamá mueve el cuchillo velozmente (¡bueno, bueno, ni tan veloz!) sobre los tomates... para él es algo nuevo, y por supuesto, ¡quiere probar! De pronto, se da el momento perfecto para que él intente hacer lo suyo, y claro, yo exclamo ¡No!... Él se asusta, se irrita y pone tremendo rostro. En una intuición fuerte comienzo a explicarle que puede cortarse, que mamá se asustó y que ahora, puede ayudarlo a cortar los tomates con ese extraño juguete. 

Mi crío sabe que puede hacer distintas cosas con ayuda de papá o mamá; sabe por ejemplo, que no debe salir corriendo y bajar la banqueta, sabe también que hay "coches grandes" que pueden lastimarlo si él no toma la mano de un adulto al cruzar la calle, sabe que puede bajar las escaleras él solo si se ayuda con el barandal o la pared. Sabe que en ocasiones no podrá seguir ayudándome con el cuchillo pero a cambio podrá jugar con un bowl y los limones. 



Hablar, hablar, hablar y de pronto, dar una señal respetuosa de "no".

En estos años juntos, mi crío y yo hemos tenido vasto espacio para conocernos, él sabe que cuando giro un poco la cabeza inclinándola hacia abajo y a la izquierda eso significa "eso no es correcto hacerlo", sabe que cuando alzo la mirada y digo "hey" expreso también, que no estoy de acuerdo. Y justo estas alternativas me han ayudado a comunicarme.

Hablar con él y "contarle el mundo" nos ha ayudado muchísimo a respetar nuestros espacios, de los tres, mío, de él y de su papá. Prácticamente yo le cuento todo lo que hago, todo lo que sucede en casa: mamá necesita sentarse a leer, tú también lo puedes hacer con tus libros... estas son las tarjetas de mamá y tú puedes jugar con ellas siempre y cuando me pidas permiso, ésta es tu habitación y aquí puedes jugar cuando desees, voy a salir y vendrás conmigo, otro día podrás quedarte cuando esté tu papá o tu abuela... ¡Y por supuesto, ellos saben, ellos entienden!

Hoy por la tarde, luego de comer con su abuela, nos subimos al automóvil, de pronto la abuela preguntó "¿Qué es esto?" y mi crío respondió con toda seguridad: "Es una cobijita que mima lleva a los bebés pematudos"... La abuela se sorprendió, y yo también porque esa explicación se la había dado yo tres meses atrás, cuando recién habían llegado los donativos que llevaríamos a los hospitales. Tres meses después recordaba muy bien lo que mamá le había explicado. Por supuesto, si les contamos el mundo, si respetuosamente los incluimos en nuestras actividades, ellos entienden y comienzan a integrarse.



Si hay demasiados "Nos" tengamos un día que propicie los "Sí"

Los días en que más "Nos" salen de mi boca, de la boca de papá y de la boca de nuestro hijo ¡es cuando vamos a la oficina! Por supuesto, mi hijo -como todos los críos de su edad- tiene un alma exploradora, deseosa de tocar esos botones tan extraños en el fax o en la computadora; por supuesto, ansioso está mi crío en llegar hasta la plantita en la esquina de la ventana que parece perfecto escalón para lograr una miradita a la calle. 

¡Estos días de oficina son detonantes! Con ellos he logrado reflexionar que una gran parte del tiempo en familia nuestros hijos están haciendo lo que papá o mamá desean. Y si estamos en casa todo el día o en un espacio cerrado, por supuesto, los "nos", las frustraciones -de ambas partes- llegarán. 

Por eso es que hemos inaugurado un día a la semana como el "Day off", el día en que TODO es SÍ. Y nos vamos a un parque de juegos, y es un sí al columpio, a correr, a rodarnos por la tierra, a subir por la resbaladilla, a meternos por los aros, a comer un par de dulces, a parar por un helado, y cansarnos hasta llegar exhaustos a casa, listos para el baño y para dormir... esto último no es negociable, y se lo explicamos desde que salimos a realizar las actividades. 


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Mi niño me ha enseñado que está bien decir "No" cuando es necesario, y que tanto de mi lado como de su lado hay que mostrar respeto por ese no. En México existe una sociedad que nos enseña a decir sí en todo momento, y decir no es algo que frustra -a ambas partes- y en ocasiones, es algo intolerable, que es mejor evitar. No es malo, ni personal, al contrario... creo que decirlo nos lleva a proteger nuestros espacios sagrados y a poner límites amorosos. 

Si confiamos y escuchamos con el corazón los "nos", no sólo de nuestros hijos, pero  de quienes están alrededor, estoy segura que comenzaríamos a respetar más a los demás y a nosotros mismos. 













Resignificar lo masculino en mí, desde mi maternidad.





Siempre intuí que nuestras vidas y destinos de algún modo se relacionaban con la vida y destinos de nuestras familias; que las deudas no saldadas en el pasado venían a hacer eco en el presente, y si las dejábamos pasar, tocaba cancelarlas o perpetuarlas a las generaciones futuras.

Ahora sé que sí, que existe una estrecha relación entre lo que fue y no fue con lo que es hoy, que de alguna manera en la honra o deshonra entramamos nuestros destinos con el hilo de los destinos de nuestros ancestros. 

Miro mi maternidad y llego a la conclusión de lo distinto que es criar a un niño, que criar a una niña. No desde la esencia, se cría con amor y desde el amor a uno y a otro, sin pensar en género. Sin embargo, creo que como mujeres-madre nos conecta a una medicina distinta el maternar a un niño o a una niña. Y el Universo nos entrega lo que es necesario incorporar.

En mi caso, desde mi historia familiar, con la llegada de mi hijo vino la grandísima oportunidad de mirar mi lado masculino, de resignificarlo, de mirarlo una y otra vez… y comenzar a honrarlo, a integrarlo y sanarlo desde el amor y la compasión.

Nacer niño o niña en cualquier familia ya tiene una connotación: buena o mala, de bendición o maldición. Desnudando mi corazón puedo confesar que en mi familia materna y paterna, en ambas historias, nacer/ser hombre significaba ser anulado, no ser nombrado –desde la historia como yo la viví, y como después me di cuenta, la vivía mi inconsciente. Porque por mucho tiempo, ser hombre significó también ser macho, único proveedor, bebedor, infiel y estar ausente, en perpetuo retiro emocional.

Los únicos hombres que eran nombrados con cariño en mis familias, eran aquellos que ya estaban en el cementerio –y eran muchos. La historia de mis mujeres se contaba en metáforas de soltería, viudez y fuerza desde la soledad y el abandono.

Para ser mujer en mis familias y contar, aún tras mucho integrar y sanar, significaba un poco poder sola, sin pareja, sin entregarse y desde la autonomía plena.

Yo vivía, por supuesto, esa metáfora, y me venía bastante bien… la vivía al pie de la letra y con entera felicidad: hasta que llegó mi hijo.  Sucedió entonces con su llegada que comencé a mirar el ser hombre  de mi compañero y de mi hijo, y su/mi masculinidad empezó a significar algo distinto.

Cuando mi hijo llegó a casa, luego de una hospitalización larga debido a su nacimiento prematuro, quien pudo conectar mejor con él fue su papá. Sin miedo, y desde sus posibilidades de padre primerizo, él poco a poco fue tendiendo los futuros lazos.

Mi hijo a mí me iniciaba Madre, pero a mi compañero también lo iniciaba Hombre-Padre, y de esto me percaté de inmediato.

En un maravilloso Taller de Reimpronta que tuve la oportunidad de tomar en la Ciudad de México en 2012, el Dr. René Galván Heim, creador de la técnica, nos explicaba que así como en nosotros al ser  madres se nos despertaba una memoria inconsciente relacionada con nuestro propio nacimiento y el embarazo de nuestra madre, así mismo, en los hombres el ser padres les despertaba improntas relacionadas a su propio nacimiento, concepción, y la paternidad de su propio padre. Y aún más logré comenzar a mirar con otros ojos la paternidad de mi compañero. 

En esos días, pude reflexionar un poco más acerca de sus miedos primeros, de sus ausencias, de sus acciones automáticas y su presencia, a veces distraída, cuando recién nos iniciábamos como familia de tres. Miré también mi maternidad… ¡ambos siempre tan distintos pero tan espejos!

También, con compasión, concluí ¡como mujeres tenemos gran ventaja! Al permitirnos en todos los aspectos explorar nuestra sombra, lo no integrado, la verdad del corazón y las necesidades de contención luego de la maternidad, para poder empoderarnos y continuar… acompañadas, siempre de nuestra maternidad y con otras maternidades.

Sin embargo, con los hombres suele no suceder igual. ¡Qué maravilloso sería! Y por supuesto, no quiero insinuar que ellos pudieran hacerlo de la misma forma que nosotras, si desde su propia naturaleza el vínculo con sus críos y su ser padre, deviene distinto. Pero me di cuenta que para terminar con el suspiro nostálgico de sentirnos solas en la crianza de nuestros hijos o hijas, era crucial comprender también, que nuestra maternidad sucede distinta a la paternidad de nuestros compañeros.

Así, criando un niño, leyendo y viviendo a diario esta maravillosa fuerza masculina, me di cuenta que para él, para mi compañero, los mordiscos, las “luchitas”y las volteretas –es decir, el juego rudo, era la manera más natural de vivir su paternidad. Asimismo, me di cuenta que para mi hijo, esa condición tan interesante y vigorosa de “jugar” era la forma perfecta de establecer un vínculo con papá. Y que en este juego tan lleno de energía,  a mamá siempre le tocaba/le toca el rol de réferi.

Yo no sé muy bien qué ha sucedido en el interior de mi compañero con la llegada de nuestro hijo –él, como otros hombres en mi linaje ha sido también un poco parco de palabras; pero en lo mucho que he podido ver y compartir, sé que algo poderoso llegó como ola con su paternidad para también integrar su historia de hombres.  

Miro mi maternidad y sí, es distinta. Ahora mismo, no sabría cómo criar a una niña, ¡qué cosas nuevas para integrar me traería! Pero puedo decir, que en efecto para mí, la llegada de mi hijo varón trajo consigo una oportunidad de sanación de mi linaje masculino. Miro con él lo que significa ser hombre,  y ahora para mí, ser hombre significa ser digno y tener un lugar único.

Mi hijo está aprendiendo a ser hombre desde el juego, desde la aventura, desde la fuerza, pero también desde la posibilidad del llanto, desde el no encasillamiento, desde la sutileza, desde el poder del abrazo y desde todo el permiso para expresar lo que siente.

¡Y la medicina que mi hijo me está regalando con su ser hombre es una de pura dicha, concebida desde una nueva mirada, una gran verdad del corazón, que ahora, puedo integrar más amorosamente!

Me siento reconciliada con mis raíces masculinas. Si en mi historia hubieron víctimas y perpetradores, a todos los tomo, y respeto lo sucedido. De tal modo que hoy puedo decir desde el albor de mi centro ¡que amo a mis hombres!... a todos tal y como fueron, desde sus imposibilidades, desde sus restricciones, desde la fuerza amorosa que no les era permitida, desde el amor interrumpido hacia su propia línea paterna… en fin, desde la vida tal y como me la pudieron pasar.

Celebro mi maternidad que brilla fusionando dos energías en mí, y sobretodo, celebro que el mito de lo masculino en mi vida se ha derrumbado para ser construido desde nuevas creencias, desde la mirada limpia de mi hijo y el reflejo de mi compañero. 









Reflexiones en torno a la Maternidad...



TRADUCCIÓN

Preguntamos a diferentes mamás: si pudieran regresar al momento justo antes de tener a su primer hijo, ¿qué se hubieran dicho a sí mismas?

...Éstas fueron sus respuestas:

ERES HERMOSA
CONOCE A OTRAS MAMÁS
ESTÁ BIEN SENTIRSE ASUSTADA
¡MILLONES DE PAPÁS HAN SOBREVIVIDO AL INSOMNIO!
ESTÁ BIEN DARTE UN RESPIRO
TU MADRE TENÍA RAZÓN
EXTRAÑARÁS A MAMÁ
¡TENDRÁ EL COLOR DE TUS OJOS!
VAS A COMETER ERRORES
PERDÓNATE A TI MISMA
ESTO, TAMBIÉN PASARÁ
NADIE SABE REALMENTE LO QUE HACE
GOOGLE NO TIENE HIJOS
TÚ ERES LA EXPERTA
LOS HOMBRES REALES SABEN CAMBIAR PAÑALES
ESTÁS A PUNTO DE CONOCER EL VERDADERO AMOR
DATE EL TIEMPO PARA ENAMORARTE DE TU BEBÉ
DATE TIEMPO PARA TI MISMA
TÓMATE UN TIEMPO PARA VOLVER A ENTRAR EN ESOS VIEJOS JEANS
DEJA QUE LA ABUELA LO CONSIENTA
SE ENFERMARÁ Y TE QUEDARAS TODA LA NOCHE EN VELA MIRANDO QUE SU RESPIRACIÓN ESTÉ BIEN
SÉ VALIENTE
¡DUERME!



¿Y TÚ QUÉ TE HUBIERAS DICHO?

La importancia de los siete primeros años de vida



Cada siete años el ser humano cambia y se transforma...

Esto lo sabía en teoría desde la mirada astrológica, antroposófica y metafísica, sin embargo, hoy pasa por mí esta información desde el tamiz de la reflexión, y por supuesto, la perspectiva cambia. He aquí que siento como todo este conocimiento se vuelve experiencia, y da una mayor comprensión.

Comparto la reflexión.

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Los primeros siete años de vida: el primer respiro.



Muchas disciplinas estructuran el estudio de la vida humana a través de septenios o ciclos de vida de siete años: la metafísica, la astrología, el estudio de la Biografía Humana, la Antroposofía y la Pedagogía Waldorf, por mencionar algunas. De arriba a abajo, de lo mayor a lo menor el Universo parece hablarnos en séptimas, siete respiros mayores y siete sonidos en melodía que nos anclan a la Tierra y a la vez nos indican el camino a la evolución, hacia la octava de perfección.

En este texto, empero, doy mayor rumbo a la importancia de los primeros siete años de vida en el ser humano, para que así recordemos y reflexionemos esa etapa en nuestra vida y aprovechemos la misma etapa en la vida de nuestr@s crí@s.

Se dice que el universo funciona con fractales, ritmos continuos que proporcionan una cadencia constante y pulsante a todo lo que ahí habita, incluyéndonos, por supuesto. Así, nuestros ritmos emulan la energía universal y marcan nuestra evolución, en espiral.

Una vez que hemos sido implantados en el vientre materno, comienza el primer gran ciclo relacionado a la vida y a la muerte, el ciclo donde tomamos aliento y nos plantamos también en el vientre de la Madre Tierra. Aquí, acontecen también nuestras primeras implantaciones mentales, se siembra nuestro potencial de inteligencia, de creatividad y por supuesto, de carácter y personalidad. ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Cómo participaremos en la vida? Las respuestas se asientan inconscientemente en nuestra persona. 

En estos primeros años aprendemos también acerca de nuestra necesidad de amor, del hambre, de la protección y acerca de qué tanto podemos confiar del mundo alrededor. Aquí desarrollamos nuestras estructuras internas, nuestro inconsciente, eso que más adelante nos permitirá actuar, pensar, establecer conexiones y formarnos una consciencia con base en el ejercicio de prueba y error. 

Algo maravilloso acontece durante los primeros siete años de vida del ser humano, algo lleno de misterio, que aquellos que saben aprovechan para condicionar.  Por ejemplo, la iglesia católica hablaba desde sus inicios de adoctrinar a sus feligreses durante sus primeros siete años, para no tener que preocuparse por su fidelidad en el futuro. Los siete primeros años eran suficientes para tener devotos toda la vida. 

No es de extrañarse, entonces, que cada vez se establezcan más espacios tempranos para los niños (dispositivos o canales de televisión colmados de comerciales) a fin de convertirlos en futuros consumistas y cautivo-pensadores, pues el primer septenio de vida se nos va en aprender y grabar en nuestro ser lo aprendido. 



Instalando nuestras Creencias. 



Durante nuestros primeros siete años instalamos nuestra primera visión del mundo, nuestras creencias, donde lo que nos digan es así y no hay cuestionamientos. Nuestros padres, mentores y gente que nos acompaña son quienes nos habrán dejado huellas energéticas acerca de cómo manejarnos en el mundo y cuales serán nuestros grandes ideales. Nuestros primeros recuerdos comienzan a sellarse en nuestra psique.

En este momento son nuestros padres a quienes pertenecemos, son ellos quienes nos dan identidad y origen; también comenzamos a integrar en nuestro interior la manera personal de establecer límites o de no establecerlos. En este periodo aprendemos a ir de la dependencia sana y total hacia la independencia primera, si llevamos la noción de que podemos establecer relaciones de confianza con aquellos que amamos y nos aman, nuestra vida emocional futura portará ya muchas ventajas.

Así, antes de llegar a los ocho años de edad, habremos escuchado los "sí" y los "no" de la vida, para la vida. Habremos obtenido nuestras primeras nociones de lo "bueno" y lo "malo", y también nuestras primeras bases para abordar el mundo desde el prejuicio o desde la confianza. Todo depende de lo que nos hayan dicho, de lo que hayamos sembrado en el interior. 

Casi a finales del primer septenio habremos obtenido las nociones básicas de nuestra personalidad, y habremos escuchado quiénes nosotros somos: soy la niña buena, soy el niño malo, soy la niña tranquila, soy la niña tremenda, soy el niño estudioso, soy el niño problema, soy la ovejita negra de la familia, soy el más consentido de mis hermanos. Todo esto, por supuesto, repercutirá y resonará en nuestros años por venir.   

Nuestra alma primigenia obtiene las bases para el cómo se mostrará posteriormente.   



Apego seguro y libertad para el alma primigenia



Para la Antroposofía y la Pedagogía Waldorf, así también para algunas disciplinas más centradas en la evolución meramente espiritual, los primeros siete años de vida marcan la vida emocional de todo ser humano. Es decir, nuestros miedos más profundos y nuestras más grandes alegrías se imprimen en este período. 

He aquí la importancia de tener un apego seguro durante los dos o tres primeros años, pues a través de esta forma de vinculación comenzamos a confiar, comenzamos a tener nuestros primeros acercamientos con eso que llamamos abandono. ¿Cómo lo vivimos? ¿Cómo un paso amoroso y necesario? ¿Con traumatismo? ¿Nos causó tristeza o enojo? ¿No lo conocimos? En fin.

Es la sensación de arraigo emocional la que posteriormente nos dará libertad para sentir, decir y poner límites de cualquier tipo. Es a través de la necesidad de amor incondicional primario que estableceremos más tarde nuestros lazos de amor y afecto con una pareja, un amigo o nuestros hijos.  

No en vano grandes disciplinas de la psicología moderna afirman que está en la niñez primera la raíz de "todos los males" que nos aquejan de adultos. Y que es justo aquí donde guardamos todas las emociones que más tarde harán su intempestiva aparición en nuestras relaciones adultas, desatando en algunos sentimientos fuertes de abandono o de asertividad, dependiendo cómo hayamos vivido la etapa.

Iniciar la vida con un vínculo de apego total con nuestros cuidadores, relacionándonos desde el amor, el afecto, el entendimiento y el retozo, forjará fuertes conexiones neuronales que nos servirán como patrones para nuestro actuar, y por supuesto, tienen que ver con nuestro desarrollo y seguridad. Alguien que no ha tenido un vínculo de apego con sus progenitores o cuidadores primeros, tiende a conmover las estructuras afectivas y cognitivas relacionadas a la separación. Esto, tendrá que ver también con una futura imposibilidad para establecer relaciones interpersonales  amorosas y respetuosas.

Un pequeño que ha tenido mamá de tiempo completo (y con esto no sólo quiero decir mamá, sino papá y en sí maternaje) estará mejor enraizado en el mundo y mejor preparado para vivir su segundo septenio y en sí, su vida entera. Esto no quiere decir que no se enfrentará a otras situaciones difíciles, pues cada camino es un sendero de posibilidades; pero sí le dará más oportunidades de vivir desde una perspectiva más optimista y cordial, receptivo de sus emociones y pensamientos. 



Rumbo al segundo septenio



Hacia el segundo septenio el crecimiento continuará, y aquí, los conceptos y emociones descubiertos en el primer septenio formarán parte de una nueva madurez. Los signos físicos son por ejemplo, la pérdida de los "dientes de leche" y la disminución del tamaño del timo. El cuerpo mismo nos indica que en esta etapa se absorbe el primer aprendizaje, y como una espiral que va hacia adentro... también se va hacia afuera.

Los mundos personales comienzan a presentarse desde la imaginación, y el poder personal se hace manifiesto. Lo exterior se vuelve magia ante los ojos del alma infantil, dando paso a una nueva dinámica hacia lo colectivo. 

Ya no somos más de nuestros padres, pero comenzamos a ser parte del mundo... comenzamos a conocer los espejos externos. 




(Continuará...)






Escribo este post a las 3:12am tras ser despertada por mi crío...




"Escribo este post a las 3:12am tras ser despertada por mi crío..."

Y fui despertada por sus palabras, su pie y su manita. "Mamá" decía, mientras tocaba con su mano y pie mi cuerpo. Tiene mucho calor, pensé. Lo acaricié y  le dí palmaditas en  la espalda. En seguida su papá se levantó y fue a prepararnos un par de bebidas. Regresó a la habitación, bebimos, nos dimos besos, nos acariciamos y volvimos a dormir... bueno yo no, pero ellos continúan dormidos en la cama. Sí los tres dormimos no sólo en la misma habitación, sino en la misma cama. Y para mi éste, es un instante en la vida, de esos encantadores, que prevalecen en el corazón.

Ahora, tengo insomnio. Sin embargo, no es que me hubiera causado insomnio el que me hijo me haya necesitado a las 2:30am para que lo reconfortara un poco. No. Eso de levantarme por las noches ha sido pan de cada día desde que  mi hijo llegó a casa. Más bien, reflexiono la situación, miro el rostro plácido de mi hijo que duerme "a sus anchas" en mi cama, adueñándose de almohadas y sábanas. Pienso no, ésta no es mi cama, ésta es Su cama. Y no concibo verlo, en toda su fragilidad, dormido en la habitación contigua, tras las rejas de su cuna, tolerando él solo sus necesidades porque haya hecho consciente ya, que papá o mamá no están disponibles durante la noche.

El punto es, que me sensibiliza hondamente pensar que todavía somos/o reflejamos una cultura occidental "modernizada" que se cobija en métodos obsoletos para justificar la imposición de necesidades del más fuerte. Que "abrigados" por la lógica y  la razón y lo que debe ser, y uno que otro autor patriarcal, imponemos nuestras creencias, nuestras exigencias y nuestras imposibilidades a los que nos acompañan y siguen: a nuestros hijos.  

Pienso qué tan a merced están los niños de una sociedad que si bien no se basa ya en el porque lo digo yo, si se basa aún en el porque lo necesito yo -que soy tu padre/madre... Y me estremezco.

Cuando pienso en todas las mujeres que me dicen y me cuentan que se desapegan de sus hijos   porque necesitan llevar una rutina de sueño, porque la maternidad les está viniendo mal, porque es terrible despertarse de madrugada, porque los niños se les enferman en muy mal momento, porque los niños no se comportan, porque son demasiado demandantes, porque necesitan límites (¿bebés de ocho meses?), porque necesitan una rutina específica, porque necesitan al niño en su cuarto para dormir bien y no despertarse de mal humor, et cétera, pienso dos cosas: 

una, que como adultos somos niños muy heridos en busca aún de satisfacer nuestras necesidades infantiles 

y dos, que la salida más fácil siempre es erradicar el problema reflejado en nuestros hijos y no desde su raíz en nosotros. 

Reflexiono la sociedad que somos, aún basada en violencia y abuso emocional. Es decir, como padres y madres podemos hacer lo que queramos con nuestros hijos, y en ocasiones este gran poder sólo se aprovecha para imponer nuestros deseos y poner a los hijos a nuestro servicio y no al revés, lo cual, visto detenidamente, resulta muy triste.

Así, no concibo cómo nuestras relaciones interpersonales, que deberían estar basadas en el amor, estén basadas en la funcionalidad. El decir "yo hago contigo esto porque me funciona muy bien" no significa que al otro le esté funcionando también. Aquí no hay empatía alguna, y que no exista ese ingrediente en una relación padre-madre-hijo, honestamente, me cimbra. Me provoca, todavía, porque justo el exceso de esta sociedad moderna, industrializada y de posguerra ha sido establecer relaciones personales a partir de la funcionalidad y la imposición de necesidades del más fuerte, pero no de amor, ni cordialidad.

Y no, no creo que la cordialidad o el amor o el apego en las relaciones que tendemos con nuestros hijos devengan de una mera cuestión de estilos de crianza. No. No creo que el amor y el apego sean un estilo de amar, y la indiferencia sea otro estilo, y la violencia otro estilo, o el maltrato, o   la dureza sean estilos distintos y todos sean "estilos respetables". No. Aquí no se trata de estar a favor o en contra de uno u otro "modo" de crecer a los hijos. Sino, de darnos cuenta que la naturaleza humana es frágil, y que toda relación primera siempre NECESITA CONEXIÓN. 

La creencia que nos aniquila es la que arremete desde la primera conexión, la conexión con los padres, con el origen... Desde la violencia sutil pero punzante que se ejerce cuando se piensa la maternidad/paternidad como un campo de batalla donde uno de los involucrados tiene que salir avante, y siempre debe ser papá o mamá, por que los hijos no nos deberían tomar la medida.  

Ojalá podamos salir de la discusión fácil en la que nos limitamos a pedir respeto por lo que pensamos y ya. Porque no es cuestión de respeto nada más. Eso está más que sentado. La madre que aquí en México le sacó los ojos a su pequeño en días recientes, bien podría pedir que se respete lo que hizo, pero está claro que va más allá de eso. Y estoy, por supuesto, hablando de un caso extremo. 

Es decir, ojalá como madres y padres nos aventuremos a ser más críticos, y sobretodo autocríticos, no con respecto a nuestros "estilos de crianza", más bien con respecto a nuestras formas de estar para nuestros hijos, de nuestra disponibilidad y empatía para con ellos, pues considero que es ahí donde está la reflexión y el corazón de nuestra manera de criar.